Constatan torturas en la principal academia militar del país

Un verdadero infierno se desataba en la Academia Militar “Francisco Solano López” de Paraguay cuando pasaba la medianoche y arribaba la “Hora 25”.

Allí la arbitrariedad construía un reino de torturas y abusos que eran ejecutados por los cadetes mayores pero que tenían la complicidad del alto mando militar.

Las conclusiones de esta grave denuncia constan en un informe del Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNP) de este país sudamericano.

“Se registra un cuadro de situación de prácticas generalizadas de torturas y malos tratos del que son víctimas los y las cadetes del 1er al 3er año de la institución”, indicó en el reporte que analizó el escenario posterior a denuncias surgidas en marzo del corriente año.

La investigación surgió tras el escandaloso caso del cadete Alcides Ariel Mancuello, de 21 años, que tuvo fracturas en la clavícula y las costillas, que no se pudieron confirmar porque en el Hospital Militar no dejaron ver al afectado.

Al revelarse el caso, hubo denuncias de familiares de otros dos cadetes mujeres y dos hombres. «No podemos hablar, se maneja un código de silencio demasiado fuerte (…) Si uno habla, se le maltrata al hijo», había dicho un padre a los medios, manteniendo el anonimato para evitar represalias.

Rubén Medina, padre de uno de los jóvenes agredido en la Academil, denunció las prácticas violentas contra los cadetes ante Fiscalía de Capiatá, ciudad de la Gran Asunción en que tiene su sede el instituto militar.

Eso determinó la intervención y el estudio de situación del MPN que finalmente presentó el 11 de julio el informe especial en el que entrevistó a 53 cadetes de ambos sexos.

De kis cadetes entrevistados por el MNP, el 38,46% dijo haber sido insultado o humillado; el 16,98% denunció que recibieron palizas por faltas reales o supuestas y el 65% reconoció haber asistido al maltrato de otro cadete.

El 45,5% de ellos sufrió “el trípode”, un método de castigo que consiste en apoyarse en el suelo con la cabeza durante horas y formar un arco con las piernas, sin el apoyo de las manos”.

“Los mandos incitan al maltrato, no lo hacen, pero incitan a los oficiales y [a los cadetes de mayor rango] a hacerlo y ven cómo se hace. Los oficiales y todo el mundo saben en qué momento ocurre y no hacen nada”, expuso uno de los testimonios citados en el documento cuya presentación tuvo lugar en la Academil por parte de Sonia Von Lepel; Orlando Castillo y José Antonio Galeano; comisionados del MNP.

La «Hora 25», fue descripta como «una práctica de «descuereo extremo» (realizar actividades físicas extenuantes), «que ocurre después de las 00:00… y se hace con quienes se considera que no hicieron bien sus deberes durante el día y puede durar hasta las 04:00 aproximadamente la mayoría de las veces».

De acuerdo a lo informado, “ el relevamiento realizado por el MNP, con apoyo interinstitucional de las comisiones de Derechos Humanos de ambas cámaras del Congreso, se dividió en tres partes: Intervención directa: ante la denuncia pública del caso del Cadete Mancuello, con entrevistas a autoridades de la Academia; Visita interinstitucional: convocada por la Comisión de Derechos Humanos del Senado, además del MNP participó la comisión de Derechos Humanos de Diputados; y las Entrevistas: con los cadetes de 1er a 4° año”, reseño la institución.

Los datos fueron analizados de manera numérica y cualitativa utilizando herramientas informáticas y softwares de paquetes estadísticos para las ciencias sociales.

Los hechos

Los cadetes entrevistados recordaron que la cena temprana, a las 19.30, los deja con hambre, situación que es aprovechada: “… tenemos hambre terriblemente. Justamente por el hambre hay algunos cadetes antiguos que venden sándwich con gaseosa por 10 mil guaraníes”, revelaron a los investigadores.

Ya en las horas siguientes, hasta las 22, los cadetes se ocupan de lavar ropas y otras actividades más domésticas.

Las cosas comienzan a enrarecerse a partir de las 23, cuando, ante el descanso de los oficiales superiores, los cadetes mayores se hacen cargo de las cuadras dando inicio a la temida “Hora 25”.

Allí florecen todo tipo de apremios, los hacen dormir con la ropa mojada, hacer “trípodes” o colocarles varillas de madera entre los dedos para después apretar manos y pies.

En la peor práctica de todas, suelen ahogarlos colocándoles una bolsa de plástico en la cabeza en el llamado «desesperación del infante», que consiste en “envolver la cabeza con una toalla mojada, más un hule que se utiliza cubriendo la cabeza para generar asfixia. Luego se sujetan las manos, se colocan unos palitos entre los dedos y se aprietan las manos cruzadas…»

Los informes consideran a esta modalidad de castigo como una de las peores al igual que los llamados ‘kua jopy (en la mano)’ y ‘pysa jopy (en el pie)’, que consiste en colocar unos palitos en medio de los dedos de los pies y de las manos y luego presionar para producir dolor.

Identifican como un castigo frecuente «el trípode es una práctica común, y es lo más leve comparando con los demos; te colocas en uno posición en donde tu cuerpo se sostiene con fu cabeza y piernas, y te dejan por horas de eso manera, la mayoría de las veces produce calambre inclusive, y luego te quedas con dolor de cabeza», según el documento.

“A uno le hicieron tumbarse y levantarse del suelo 1.500 veces por no saber el nombre del comandante del cuerpo”, agrega el informe.

Los maltratados evitan acudir a los servicios de salud porque es tomado como una señal de debilidad y como una ruptura del “Pacto de Silencio” que hace posible la continuidad de estas prácticas perversas: “…Desde el inicio del curso se reciben golpes. Ingrese a los 19 años. Los más altos cursos veían todo, pero no hacían nada al respecto porque para ellos así debe ser la formación militar»; «… los que «saben ligar» ligan siempre. “M.” es uno que sabe ligar. Él había ya tenido problemas cuando le mandaron a traer botas a las mujeres de 4° y “M.” había perdido su bnta a causa de eso.»; «… solo los que están en 4° año pueden castigar.

La consigna es morir en su puesto, y por más que uno se encuentre mal no se le hace caso debido a esa consigna… «Se tiene un código de silencio, el cual prohíbe contar lo que pasa dentro de la academia…» «…siempre llegaba con marcas de golpes en el cuerpo. No comentaba nada al respecto por cultura institucional…», dice uno de los cadetes entrevistados por el MPN.

Funesta normalización

Los castigos corporales «están naturalizados» e «inclusive se aplican por diversión» por lo que el MPN consideró: «Este cuadro de situación está en conocimiento de los oficiales a cargo de la institución y la actitud tolerante o indolente ante estas prácticas ilegales es un factor que contribuye a la reiteración de esta práctica, porque alienta a la impunidad y envía una equívoca señal de tacita autorización para los abusos», indica.

Otro dato duro: “Segun se pudo relevar, el robo en la Academia es una práctica normal, está muy normalizado y no se toman medidas a nivel de los oficiales y del propio Comandante: «los cadetes compartimos un casillero, y si te roban te dicen los oficiales «por vyro (tonto, en guaraní) te robaron» No tenés derecho a reclamar el robo»

Ante este cuadro de situación el MPN consideró “fundamental que el comando de las Fuerzas Militares arbitre, a través de su Dirección de Derechos Humanos y de Derecho Internacional Humanitario, el desarrollo de canales de comunicación e investigación eficaz que permitan ofrecer canales seguros de denuncia. La sola existencia de canales de denuncia seguros funciona como un eficaz mecanismo de prevención de la tortura».

Las represalias excesivas «se vienen dando desde el año 2013», y posteriormente los oficiales que fueron parte de la Fuerza Tarea Conjunta, creada ese año para combatir a la guerrilla del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), fueron a prestar servicio en la Academia e introdujeron el concepto de «campo de prisionero»; donde «al prisionero» no se le permite ningún cuestionamiento, quienes están a cargo de la «prisión» son del último año (°4) y ellos decretan quienes «caen al campo de prisión».

El MNP advierte que «la consecuencia inmediata de esta cultura de normalización de la tortura conlleva el riesgo que la misma sea replicada por los oficiales formados en esta escuela, tanto en las operaciones de seguridad interna en la que participan elementos de combate de las fuerzas militares, come en las operaciones de paz en las que el Paraguay participa en el marco de sus compromisos multilaterales».

Extremo cinismo

De acuerdo a César Arístides Caballero, entonces comandante de la Academil, las lesiones de Mancuello fueron producto de una caída de un árbol de eucalipto y no de golpes propinados por autoridades. «Acá no hay nada que esconder, fue un accidente, no hubo tortura. Quiso prepararse un té de eucalipto porque hacía frío y cayó de un árbol de 2 metros y medio», dijo en su descargo en marzo pasado.

La indagatoria del MPN, relatada en el informe, da por tierra con la versión construída por los jefes militares.

De hecho, a los días, a principios de abril, el presidente Mario Abdo Benítez destituyó a Caballero y nombró en su reemplazo al general de brigada Alcides Lovera Ortiz. También, el Comando de las Fuerzas Militares nombró al coronel Édgar Victorino Carneiro Gauto como comandante del Cuerpo de Cadetes de la Academil con la misión de revertir este horrendo cuadro de situación.

Vale citar este párrafo de las conclusiones del informe: “De lo observado en general, cuando hablamos de tortura, va sea física o psicológica, puede percibirse en general un desconocimiento de las personas sobre cuanto implican los derechos humanos y las obligaciones de protección que deben regir en la institución, las cuales son miradas desde la lógica de la obediencia.

Es decir, la obediencia al castigo del superior obnubila la conciencia y autopercepción de lo que pudiera considerar la propia persona como malos tratos o tortura, quedando la acción superior encuadrada en este imaginario, como una acción correctora y formadora de carácter, no así como tortura.

Por otra parte, el castigo psicológico es una forma de violencia en donde no se usa la fuerza física, pero se causa, de igual forma, danos emocionales en las personas que son víctimas de este tipo de violencia.

Los y las cadetes han relatado dentro de una naturalidad y cotidianeidad imperante en la institución las descalificaciones, los abusos verbales, la tortura psicológica, como la acción normalizada de una forma educativa, como si se tratara del propio currículo de la carrera militar”. Y uno último de las conclusiones: “Persistir en la creencia que la tortura es un recurso educativo válido en este proceso de formación profesional es una idea arcaica y errada. La tortura bajo ningún sentido puede tener efectos positives en la formación de la personalidad. La tortura es un arma de guerra que daña psicológica y físicamente a las víctimas, dejando secuelas irreversibles”, expone.

Jorge Zárate

América XXI