Encrucijada de suma cero, por Eduardo Blaustein

Peleas que cansan y debilitan a todas las partes. Ausencia general de ideas, nuevos cuadros y políticas que ayuden no solo a paliar sino a transformar. Un presidente al que no se le creen los enojos, una vice que sigue encantada de hablar de sí misma, una común falta de estrategias políticas a mediano y largo plazo.

El título de esta nota no es preciso: de las internas en el peronismo, en el gobierno, de las críticas del kirchnerismo hacia el gobierno, no hay un empate improductivo. La suma da menos que cero.

Algunas veces el gobierno se pone las pilas cuando el kirchnerismo -para usar un verbo de la derecha- embate. Pero el resultado general resulta ya no solo en el debilitamiento general del gobierno, en el cansancio y el hastío social, sino que perjudica a todas las partes, con futuro más que incierto y dudoso.

El presidente está un tanto acorralado: aparece como blando y débil si intenta suavizar las internas o las declaraciones públicas de Cristina, y si se endurece aparece poco creíble y más flojo. Lo más claro que llegó a decir Alberto Fernández -y merece discutirse- es esto: “Yo no comparto que el déficit fiscal no hace daño. Tampoco comparto que la inflación no hace daño”.

El que escribe también tiene alguna duda acerca de esa bandera irrenunciable de que el déficit fiscal no importe (a Néstor Kirchner le importó). AF agregó otra frase que merece considerarse acerca del acuerdo con el FMI: “Se sentían incómodos con la firma. Pero nunca me dijeron qué querían. Creo que tiene que ver con la estética, con el relato”. Merece considerarse porque de cara al acuerdo con el FMI (en el que la recomposición tarifaria es parte evidente), el kirchnerismo no ofreció alternativas claras, operativas, concretas.

Menos creíble es esta otra frase de AF en una entrevista con elDiario.es: “Cristina puede decir que algunos argentinos están decepcionados porque quieren una distribución más rápida, más equitativa y más justa. Y tal vez tenga razón en eso, pero la verdad, yo creo no haber decepcionado a los argentinos”. Tal vez, sí, pero no creo.

Las encuestas no van para ese lado, la inflación no se doma, la recomposición salarial es mínima o negativa, la mejora de empleos de calidad existe, pero es más bien ínfima. En las calles de los barrios de clase media, a la vez, se ve mucho consumo. Para seguir repitiendo de aquí a la eternidad: la herencia macrista, la deuda y la pandemia nunca deberán olvidarse.

En sus rincones

De un lado el dialoguismo del Gobierno sin resultados ni programa ni rumbo nítidamente transformador o, como suele decirse, una administración relativamente sensible ante la crisis (a recordar ahora que haría el macrismo o Milei).

La falta de potencia política y de gestión tiene alguna relación con la parcelación política en y dentro de los ministerios. Del otro lado, el kirchnerismo suficiente, cómodo en su tácito decir “No es nuestra culpa lo que pasa con el gobierno”. Esa satisfacción se parece a los casi festejos de La Cámpora cada vez que se reiteraba una derrota en elecciones porteñas: la culpa es de las clases medias gorilas hijas de puta, nosotros no cometemos ni un solo error (la frase de Néstor: “A los porteños ni un vaso de agua”).

El kirchnerismo o cristinismo, que no son exactamente lo que fueron, seguramente es justo en sus críticas. Sin embargo es a la vez parte del gobierno, hace pintar a las cosas como si no fuera así y, al mismo tiempo, reclama: ganamos por nosotros, Alberto es un pelele. Las críticas no van acompañadas de programas claros, de propuestas precisas o de impacto a gran escala. Hay tanto crítica como orfandad de ideas, no de ideología.

Ahora, el gobierno, presionado desde el kirchnerismo y otros actores satelitales por un proyecto legislativo, anticipó a junio los aumentos del Salario Mínimo Vital y Móvil pautados para 2022.

¿Apoyará AF la iniciativa lanzada desde el Congreso por casi el mismo sector para que millones de desempleados, trabajadores informales y otros sectores puedan gozar de Salario Básico Universal? El impacto en términos de déficit fiscal (ese tema otra vez), dicen los impulsores, sería tolerable.

Es curioso que muy a menudo las medidas propuestas sean de salvataje social con puro gasto estatal, de Estado ambulancia (un nuevo derecho aquí, un bonito allá). Eso también, si bien necesario, es paliar la crisis de manera administrativa, no se trata de políticas estructurales.

Están muy bien las políticas sociales establecidas desde el primer kirchnerismo, el cristinismo y las que tomó el actual presidente en la emergencia sanitaria. Pero alguna vez habría que salir de la emergencia con políticas de largo aliento que nadie parece pensar o apenas se proponen.

Estado ambulancia y no acciones generadoras de empleo, o industrialistas, o de mayor activismo, articulando sectores vinculados con las tecnologías, los laboratorios, la genética, la economía social, donde el Estado (que hace un poco de todo en la materia pero como si se tratase de experiencias piloto) debería tener mucha mayor presencia y menos temor a ofender los intereses privados.

Tampoco se plantean -eso les da terror a todos- grandes reformas fiscales progresivas, sí se amenaza o se discursea trimestralmente al respecto.

Nuevas ideas se piden, de cara a la gestión concreta. No aparecen ni de un lado ni del otro o se teme -y es comprensible- a las contraofensivas horrorosas de la derecha, el empresariado, “el campo”. Del lado kirchnerista se propone ideología más que políticas.

De ese lado no hay sin embargo siquiera grandes candidatos a ministro de Economía o lo que sea. Esa es una muestra de carencias congénitas: demasiado en el kirchnerismo es la brillantez de CFK (hace añares, trabajando en Miradas al Sur, el que escribe hablaba de “crisdependencia” y todo sigue igual). Por debajo, la jefa obediencia y flojísima construcción de nuevos y buenos cuadros técnico-políticos.

Ya son muchos años de néstorcristinismo, muchos años de La Cámpora, muchos del Instituto Patria, y no aparecen esos cuadros, ni programas, ni candidatos a ministro o presidente. Es un dato que debe ser muy tenido en cuenta, mientras algunos se repliegan en sus banderas flameantes y siguen viviendo de sus cargos.

Del desierto que describimos, del desierto del peronismo, del erial del sindicalismo burocratizado, es que CFK eligió a AF. Y no fue solo la “inteligencia política” que con razón se adjudicó la vice en su último discurso, sino también el mérito de AF cinchando, armando a las partes con su frase “con Cristina sola no se puede”. En ese sentido, a Cristina le cuesta mucho más. No pasaba exactamente lo mismo con NK, alguien que unía, pero que también apretaba mal (los años de la transversalidad relativamente fracasada).

Cansancio

De lo que uno puede palpar con amigos y conocidos, o intuir, hasta la propia tropa kirchnerista está cansada de las internas. Se nota preocupación porque, efectivamente, las declaraciones públicas, por justas y bien intencionadas que sean, dañan y debilitan al gobierno y a todos.

A la propia tropa le interesa tres carajos si Alberto y Cristina están enojados, ofendidos, o tienen problemas de narcisismo. El periodismo se solaza en hacer la cuenta de hace cuánto no se hablan. Parte de la propia tropa comienza a decir: dejen de romper las pelotas, está en juego el destino del país, hablen.

Del clima que vivimos habla el último discurso de CFK en Chaco. Caritas emocionadas y dedos exultante en ve cuando la cámara iba a los rostros de quienes la escuchaban. Por supuesto que CFK sigue varias cabezas arriba de lo que hay (con enorme ayuda de lo que no hay), por supuesto que habla lindo y es la más linda de todas.

A gusto de quien escribe sin embargo no fue un buen discurso. Puede decirse de alguna manera poco delicada que Cristina lo que más quiso decir es que ella eligió a Alberto como pudo elegir a cualquier otro boludo, alguno que tuviera más poder.

Cayó en las reiteraciones y auto alabanzas de siempre. Del tipo nosotros cumplimos tres mandatos seguidos. A mí me despidió una plaza llena. Albertoooo, ¿vos qué onda? Al que escribe alguien le dijo: ¿si no lo dice ella quién lo dice? ¿Quién lo recuerda? ¿El enemigo? Sí, puede ser. Pero algo falla de manera grave si del tumulto kirchnerista, tan dueño de toda épica, es ella la que tiene que tiene que dedicarse elogios.

Al que escribe tampoco le gustaron del todo las varias “infidencias” que reveló la Cris, casi que con un estilo Mirtha Legrand.

Fue un discurso un tanto nervioso que pretendió moverse por el mundo, con un correcto diagnóstico acerca de lo que no están dando las democracias ni el gobierno nacional, pero yendo y viniendo de la pretensión académica al acto político, del pantallazo global a los chismes.

Se sabe que el cristinismo da por perdidas las próximas elecciones, lo que parece una obviedad. Ya que esa la sabemos todos, más importante es hacerse estas preguntas: ¿Sabe qué hará de cara a esas elecciones con pronóstico de derrota? ¿Cuenta con alguna estrategia de mediano y largo plazo? Ante la sociedad y los votantes, suponiendo que se quiera preservar la unidad de Frente de Todos más lo que sea: ¿será creíble esa unidad tras tanta pelea pública?

¿Qué estrategias de conducción personal (Cristina) o colectiva asoman en la ancha vereda de un peronismo problematizado, falto de garra y débil?

Solo Perón pudo conducir desde el exilio esa vasta cosa que iba de López Rega, Solano Lima, Rucci e Ivanissevich a Cooke, el peronismo de base y Montoneros. Hasta que -desde antes de su muerte- las cosas volaron por los aires, junto con los cadáveres que dinamitaba la Triple A.

Las leves amenazas de AF en el sentido que el funcionario que no apoye el rearmado tarifario “no va a poder seguir en el Gobierno” suenan al mirá cómo tiemblo de nuestra infancia. Lo mismo cuando habla de “obstrucción” (del cristinismo) y después dice está todo bien, man.

Van pasando amesetados los años de Alberto, una penosa cuenta regresiva, con unos cuantos aciertos y nunca con el espanto macrista.

En la encrucijada que suma menos que cero y que más bien destruye, bien al fondo, emerge un ex motonauta que se vuelve a candidatear a presidente (Sergio Massa dice que no quiere). Otra señal, gris, aburrida, de los tiempos que corren.

Eduardo Blaustein

Socompa