El Mundo de Jimmy y los Cuadernos de Centeno, por Juan Pablo Csipka

En las últimas horas quedó en evidencia que los famosos cuadernos de Centeno fueron un montaje, fogoneado desde el periodismo. Para decirlo claro: una fake news, con el agravante que – al contrario de otros armados disfrazados de noticia – también son un pésimo relato de ficción.

En 1980, la periodista Janet Cooke le contó a su editor en The Washington Post que tenía el dato de un chico de ocho años que se inyectaba heroína y que la madre del menor lo había iniciado en el consumo.

El editor se entusiasmó con semejante historia y la instó a seguir el caso con la posibilidad de publicarlo en primera plana. Cooke entregó su investigación, en la que identificó al pequeño heroinómano como Jimmy. “El mundo de Jimmy” se publicó en septiembre de 1980. La crónica era estremecedora y sacudió a millones de personas. Seis meses más tarde, la periodista de 26 años recibió el Pultizer y volvió a estar en boca de todos.

Apenas 48 horas más tarde, saltaron incongruencias en su currículum y Cooke directamente admitió que Jimmy no existía y que la crónica premiada era un invento de su imaginación. Lo hizo a través de una carta de su puño y letra, en la que además anunció que devolvía el Pulitzer.

En el medio, a nadie le había llamado la atención que la madre del pequeño dejara que su hijo se inyectara heroína delante de una testigo que iba a escribir sobre eso, salvo al alcalde de Washington, a quien ese dato le parecía inverosímil, no la existencia (ficticia) de Jimmy.

García Márquez reflexionó sobre el caso en uno de los textos que integran “Notas de prensa”. Escribió: “Lo malo es que en periodismo un solo dato falso desvirtúa sin remedio a los otros datos verídicos. En la ficción, en cambio, un solo dato real bien usado puede volver verídicas a las criaturas más fantásticas”.

Agregó: “Si un escritor dice que vio volar un rebaño de elefantes, no habrá nadie que se lo crea, porque el buen periodismo le ha hecho creer al mundo que los elefantes no vuelan. Pero no faltará quien se lo crea si apela al recurso periodístico de la precisión y dice que los elefantes que volaban eran 326”.

Una década antes, Isabel Allende halló su vocación literaria cuando entrevistó a Pablo Neruda y el Nobel chileno leyó una entrevista llena de fabulaciones, tras lo cual la reprendió y le sugirió que se dedicara a la ficción donde, lo que en periodismo son defectos, se convierten en virtudes.

Respecto de los cruces entre ficción y realidad, García Márquez cerró así su nota sobre el caso Cooke: “John Hersey, que era un buen novelista, escribió un reportaje sobre la ciudad de Hiroshima devastada por la bomba atómica, y es un relato tan apasionante que parece una novela. Daniel Defoe, que era también un gran periodista, escribió una novela sobre la ciudad de Londres devastada por la peste, y es un relato tan sobrecogedor que parece un reportaje. En esa línea de demarcación invisible pueden estar los ángeles que Janet Cooke necesita para la salvación de su alma. Pues no habría sido justo que te dieran el Premio Pulitzer de periodismo, pero en cambio sería una injusticia mayor que no le dieran el de literatura”.

En las últimas horas quedó en evidencia que el Jimmy del periodismo argentino, materializado en unos cuadernos fotocopiados cuyos originales quemados (según declaró su autor en sede judicial) aparecieron intactos, es algo ajeno al mundo de la realidad. Hay cuatro caligrafías y al menos dos autores, según una pericia, además de tachaduras y alteraciones.

Hubo premios a la excelencia periodística por develar la existencia de fotocopias imposibles de peritar pero que se dieron como válidas. Y hubo quienes llegaron a decir que la causa judicial (un estipendio de dinero público en base a lo que parece la nada absoluta) era la más importante de toda la historia argentina, incluso por delante del juicio a las Juntas.

Al contrario de las posibilidades de “El mundo de Jimmy” como ficción, la historia de las fotocopias y los cuadernos renacidos de las cenizas es una mala novela policial. Y Janet Cooke, con esa carta manuscrita, tuvo un gesto de dignidad.

Juan Pablo Csipka

Socompa