Malvinizar, por Pablo Camogli

Ni bien concluyó la guerra del Atlántico Sur, en 1982, la sociedad argentina fue sometida a un proceso de “desmalvinización”. El mismo fue orquestado por los vencedores y ejecutado por ciertos sectores de poder en la Argentina, siempre afectos a defender los intereses foráneos antes que los propios.

Desmalvinizar implicó muchas cosas. Una fue el olvido al que se condenó a los veteranos de guerra, cuya secuela de suicidios son una evidencia del drama desmalvinizador.

Otra consecuencia fue la generalización de teorías simplistas o directamente falsas sobre las causas del conflicto por la soberanía austral. Para buena parte de las y los argentinos la guerra fue la última locura militar de la dictadura.

Reducir la totalidad del conflicto a las necesidades políticas de la Junta Militar o al grado alcohólico de Galtieri no sólo es absurdo, también es funcional a los vencedores, cuyas culpas se esfuman en estas interpretaciones simplistas.

Por eso es tan necesario malvinizar, porque es el único camino para que, como país, logremos resolver aquello que desde 1833 no podemos: recuperar la soberanía sobre una porción sustancial de nuestro territorio.

Malvinizar es mucho más que poner una bandera en el balcón el 2 de abril o saludar con respeto a un héroe de guerra. Implica conocer las raíces profundas del conflicto.

Raíces que se inician en 1833 cuando una escuadra británica usurpó por la fuerza las islas, situación que se mantuvo durante casi 150 años, incluso pese a las resoluciones favorables a nuestro país en órganos como las Naciones Unidas. Si la dictadura encontró en Malvinas una excusa para intentar perpetuarse en el poder fue porque antes, mucho antes, el colonialismo británico nos robó un pedazo de territorio.

Malvinizar consiste en reconocer a los enemigos de la Argentina.

Gran Bretaña, Estados Unidos y la OTAN en su conjunto fueron los responsables de la muerte de 649 argentinos en el frío invierno del año ’82. Ellos mismos son los que, en estos 40 años, obturaron cualquier intento de negociación, en clara violación al orden jurídico internacional.

Ellos fueron, son y seguirán siendo los enemigos de la Argentina. Por ende, malvinizar es, parafraseando a Silvio Rodríguez, la “necedad de asumir al enemigo”.

Pues, seamos necios y digamos al unísono: ¡Malvinas Argentinas!

Pablo Camogli