Néstor «Yuyo» García «Tal vez la transformación de ese hombre que sostiene el patriarcado sea transgeneracional»

El femicidio de quien diera su lucha en vida desde “Ni una menos” movilizó las fuerzas que promovieron un instrumento: la ley de capacitación en perspectiva de género. Télam habló con Néstor García, su padre, acerca de la Fundación y la norma que nacieron de una pérdida, pero hoy impulsan un cambio cultural.

Micaela García, de 21 años de edad, militante del Movimiento Evita y de “Ni Una Menos”, estudiante de Educación Física, desapareció el 1 de abril de 2017 tras salir de un boliche en Gualeguay, Entre Ríos. Una semana después, fue hallado su cuerpo. Tras la investigación, se determinó que Sebastián Wagner, el femicida y violador, había sido condenado tiempo antes por dos ataques sexuales y liberado por el juez Carlos Alfredo Rossi, tras cumplir seis años de una condena de nueve: algo estaba fallando desde lo institucional y lo social. Así, a partir del dolor y un trabajo intensivo, nacieron la norma y la fundación que llevan su nombre.

Promulgada el 10 de enero de 2019 y conocida como “Ley Micaela”, estableció la capacitación obligatoria en género y violencia de género en todo el personal estatal. Más de 100 mil personas fueron capacitadas desde entonces. En paralelo, el trabajo de la Fundación Micaela, con sus padres a la cabeza, sembró en la sociedad argentina una nueva cosmovisión, además de una práctica concreta, cotidiana, enmarcada en la misma problemática.

Néstor “Yuyo” García, su padre, conversó con en Télam –primer medio del país en recibir, en 2020, la capacitación que indica la ley– y compartió su testimonio, que nos remonta a casi cinco años atrás.

 – ¿Podría hacernos un repaso del origen de la Fundación?

– A una semana de la desaparición de nuestra hija, pese a todo, nosotros estábamos agradecidos –con la policía, la fiscalía, la gente en su colaboración espontánea– a lo que se había hecho en la investigación. Por eso, cuando nos dieron la peor noticia, quisimos hablar, como hicimos ese día en la plaza, para bajar un poco el lógico contexto de indignación que había en Gualeguay.

Ofrecimos esa conferencia de prensa donde yo agradecí y expliqué que, si bien nuestra vida ya no iba a ser la misma, íbamos a dedicarla a tratar de construir la sociedad que Mica soñaba. Andrea, su madre, mi esposa, dijo algo parecido, y ese fue, creo yo, el inicio de la Fundación, más allá del armado formal que vino después, cuando empezamos a convocar y recibir, en busca de ese cambio trabajando en áreas de género, de comunicación, de salud, de asesoría legal.

Con el diario del lunes, podríamos decir que cometimos un error, porque en nuestro afán de cuidar el nombre de Mica, hicimos que la Fundación fuera un embudo: nadie hacía nada si nosotros no dábamos el ok. No teníamos en cuenta, todavía, que los colectivos son horizontales, transversales. Y hubo un quiebre cuando mi hermana y mi suegra se cansaron de filtrar, y no nos dieron más bola. Y todo lo que se hacía empezó a crecer por peso propio. A veces cuando vos armás estructuras demasiado formales la gente no se engancha. Ese propio “desorden” empezó a funcionar muy bien y siguió así hasta que la pandemia nos interrumpió.

 – Antes de eso, se aprobó la ley…

– Claro, se aprobó en diciembre de 2018 y se promulgó el 10 de enero de 2019. Esa fue la instancia en que nos terminamos de ordenar. El área de género se subdividió en dos: capacitación y género propiamente dicha, que quedó destinada a resolver situaciones de violencia concreta y actividades reparatorias vinculadas al tema, como cuestiones de independencia económica de las mujeres, que era algo que Micaela había iniciado y estaba en su esencia; la ley Micaela resume los sueños que ella tenía de un mundo mejor; una sociedad igualitaria y que garantice derechos…

 – ¿Cómo evaluaron ustedes el impacto de la ley en la opinión pública?

– Los medios la contaron mal, la simplificaron. Nos dimos cuenta de que teníamos que explicarla mejor. Pero mientras yo empecé a ir a los canales y dar entrevistas, mi esposa, Andrea, que no se sentía cómoda con ese rol, pasó a dedicarse más a la Fundación, a contactarse con personas y organizaciones que trabajaban en situaciones de violencia de género, a tomar nota y agendar. Al ver que en nuestro caso hubo juicio y condena, la gente empezó a llamar.

Nos consultaban qué hacer desde distintas provincias y nosotros, a partir de esa red de contactos –que hoy cuenta con casi 400 personas y unas cincuenta organizaciones– hacíamos el puente para vincular a las víctimas con abogadas, asistentes sociales, psicólogas.

Así empezamos a resolver casos de situaciones de violencia reales en distintos puntos del país y, al asumir el actual gobierno, desde el Ministerio de Justicia nacional vieron lo que estábamos haciendo y nos invitaron a trabajar articuladamente. A su vez, desde la Procuraduría General de la Nación, un conjunto de personas nos formamos para dar cursos de capacitación de promotoras territoriales en políticas de género. Todo esto le dio otra impronta a nuestra Fundación, que hoy en día, además, cubre una cantidad de áreas y talleres; de ayuda escolar, de oficios, de entrega de ropa y alimentos.

 – Volviendo a los medios de comunicación ¿percibe un apoyo efectivo a la ley por parte de estos?

– En general, es complicado. Para algunos medios el tema no es prioritario. Y si lo mencionan, el error que cometen es la banalización, ir a lo anecdótico, en lugar de explicar, o quizás hacer docencia, como podrían. Hace poco, en un programa de entretenimientos, de preguntas y respuestas preguntaban, por ejemplo, en qué ciudad había ocurrido tal o cual femicidio. Eso es no entender nada. Yo rescato que los medios en parte se sienten obligados a hablar de la temática. El problema es que no saben cómo ni tan siquiera por qué lo hacen.

 – ¿Se podría decir que los medios tienden a buscar algo que no es lo que ustedes quieren dar?

– Exactamente. La investigación que hace un programa quizás sea buena desde el punto de vista técnico pero la intencionalidad es terrible. Se tiende a decir que ante este problema no hay salida. Ese mensaje es muy negativo. Yo creo que sí hay salida. Si no la hubiera ¿qué estamos haciendo?

 – Por otra parte, ese mensaje conlleva la idea de que la violencia de género es una fatalidad, algo inevitable…

– Sí, y a su vez, hay intereses que juegan en contra, porque implementar la Ley Micaela, si queremos llevarla, dado el caso, a los medios de comunicación, también tiene un costo. Yo insisto en que hay salida. Se está llegando cada día a más lugares. Hay una decisión política de las máximas autoridades a nivel nacional que respalda esto.

 – En febrero de 2021 la editorial/imprenta del Congreso de la Nación publicó, en el marco de la colección “Leyes explicadas”, la ley Micaela, desplegada mediante un libro en un formato didáctico, accesible a lecturas primerizas en el tema ¿esa sería la línea a seguir?

– Desde luego. Y de ese libro en particular, a mí me gusta mucho el pasaje que habla de la transversalidad necesaria que debe tener esta ley, que debe ir mucho más allá del ministerio de la Mujer y nada más, tiene que expandir al máximo su alcance.

 – ¿Qué tan avanzada ve hoy la noción colectiva de lo que implica la ley, teniendo en cuenta que la legislación suele ir por delante de la conciencia social consolidada?

– Veo que esa conciencia se está dando, pero todavía en una escala chica. Yo vengo de una reunión con el ministerio del Interior con talleristas que se incorporaron a nivel nacional para ampliar la escala de capacitación. A las mismas personas que participaron de la capacitación que manda la ley, las invitamos a capacitarse para dictar los talleres, y se empiezan incluso a incorporar varones que nos manifiestan que se dan cuenta de que quieren trabajar y comprometerse a que esto cambie.

Nosotros entendimos que tenemos que acompañar, además, todas las propuestas bien intencionadas, a veces sin ser demasiado puristas, como para darnos la oportunidad de sumar y perfeccionar las iniciativas desde adentro, mientras se ponen en marcha. Siempre es un paso delante que haya un programa de género en una universidad, en una organización privada, en donde sea. Todo se puede mejorar a partir de la instalación del tema.

 –  ¿En su experiencia personal se reconoció alguna vez ejerciendo algún tipo de violencia de género?

– Todos los días. Hay algo que nosotros señalamos en los talleres: en muchos de los que damos, por ejemplo, en el servicio penitenciario. Cuando se habla de violencia, casi todos la refieren como algo ocurrido en otro lado, por acción de un tercero; generalmente se menciona una violencia lejana, ajena. Yo entonces les pregunto ‘¿ninguno de los que está acá ejerció violencia esta semana? ¿seguro?’. ‘Yo sí ejercí violencia´, les digo.

Si no lo decimos, no sirve. La transformación en la gente de mi edad nos puede llevar toda la vida. Esto va cambiar efectivamente en una generación o dos. Entender eso es bueno, e incluso poder expresárselo a aquellas feministas radicalizadas, que no aceptan el más mínimo error. Hay que ayudar al varón a transitar este proceso; no estar esperando a que se equivoque para sancionarlo. Me parece que eso es clave. Por parte de uno, hacer el análisis es un paso adelante si va acompañado de reconocer el error y pedir ayuda. Sobre todo, porque la violencia es con enorme frecuencia simbólica y tiene que ver con estereotipos que pueden estar invisibilizados, pero habitan lo cotidiano.

 – ¿Cómo evaluaría, finalmente, los efectos concretos de la ley en nuestro país y las perspectivas a mediano y largo plazo?

– El objetivo de la Ley Micaela no es ratificar conocimiento sobre aquel que ya lo tiene, sino lograr que quienes no creen en esto empiecen a dudar. A dudar de la forma en que toman sus decisiones, a poner en riesgo sus certezas. El protagonista tiene que ser la persona que se está capacitando, no el capacitador. Nosotros tenemos que iniciar un proceso de transformación; abonar esa duda. Y tal vez la transformación de ese hombre que sostiene el patriarcado sea transgeneracional.

Quizás se dé plenamente gracias a su hija, o a su nieta, en una conversación de sobremesa. Pero los saberes tienen que participarse. Asumimos que la trasformación llevará tiempo, porque en 5 o diez años no vamos a cambiar un patriarcado que tiene entre 5000 y 8000 años, pero el ser humano tiene entre 300 y 400 mil años ¿cómo se vivía en ese tramo previo? Eso también deberíamos preguntárnoslo.

Gabriel Sánchez Sorondo

Télam