Todos seríamos Samid, por Silvia Risko

Pareciera ser que los argentinos somos extras contratados ad honorem para una serie dramática, que por momentos tiene alto contenido de suspenso policial; efectos especiales con mucho ruido, humo y show.

Una extraña mezcla de drama, cine negro y comedia musical grotesca, pero con la particularidad de que es casi imposible predecir o imaginar su final.

Todos participamos de la tira diaria, los medios de comunicación, los dirigentes políticos, funcionarios del gobierno y ahora también los más taquilleros, -los miembros del poder judicial-, nos mantienen expectantes con nuevas escenas y prometedores guiones que seguirán manteniéndonos prendidos a la pantalla. Somos público cautivo.

Al principio parecía que iba a ser como la serie norteamericana CSI, investigación criminalista con mucha sofisticación y tecnología; en otros momentos fuimos actores de reparto de “Game of Throne, pero se terminó convirtiendo en la inagotable, extensa e impredecible “Greys Anatomy”.

Tiene su lógica, tantas temporadas y la falta de creatividad e ingenio hacen que las temáticas se agoten al igual que los personajes, entonces los que eran protagonistas principales al inicio terminan siendo retirados o reemplazados por nuevas historias atrapantes.

En los capítulos de la semana pasada tuvo su aparición un actor conocido por todos, cuyo nombre artístico es “El Rey de la Carne”, el popular Alberto Samid. Su personaje irrumpió en la serie provocando un nuevo estímulo a la audiencia, pero, sobre todo, expone de una forma grotesca a los actores de elite, los fiscales y jueces. Es el antihéroe, no tiene un ápice de galán y califica para un comic, pero son esas mismas cualidades las que lo llevan a plantarse y decir lo que muchos pensamos.

El colapso en el cual están inmersos los diferentes poderes del Estado, como así también el sistema político, nos hace sentir la fría desolación de la anarquía y la consecuente falta de garantías. Hoy en nuestro país si hiciéramos una encuesta nos sorprendería el alto porcentaje de ciudadanos que no cree ni confía en el Poder Judicial de la Nación y en su administración de justicia.

Cuando el propio Mauricio Macri, con causas en su historial desde contrabando de autopartes, compra y quiebre del Correo Argentino, fuga de capitales hasta el procesamiento por escuchas ilegales y montaje de red de espionaje ilegítima que costó el cargo a dos jueces de la provincia de Misiones -causa que desapareció al asumir como presidente de la nación-, no solo admite sino que asevera con certeza absoluta que la fortuna de su padre es producto de actos de corrupción, que también su padre tenía plata no declarada en los panamá papers y que la investigación de todo esto pareciera ser un montaje cuyo único objetivo es recrear una parodia ante los incautos espectadores.

Cuando se violan todas las garantías constitucionales del debido proceso a ciudadanos que son detenidos a modo ejemplificador; cuando un fiscal de la Nación, como Stornelli utiliza la estructura del Estado para hacer espionaje ilegal, abuso de poder y ostentar impunidad absoluta ante la desobediencia de normas.

Cuando gastan fortunas en excavaciones en la Patagonia y en morteros para derrumbar bóvedas pero encuentran tierra del desierto o polvo acumulado; cuando la sospecha cada vez es menor y la certeza mayor de la existencia de coimas para hacer o desaparecer causas; cuando las internas judiciales de alta gama suenan tan fuerte que hasta el más distraído las percibe.

Cuando la connivencia entre el gobierno de turno y los que nos debieran garantizar procedimientos, resoluciones y sentencias justas, ajustadas a derecho dejan en cada capítulo traslucir sus intereses espúrios y mezquinos, es ahí que el nuevo personaje, Alberto Samid, toma un protagonismo inusual.

En el corto plazo de la historia hemos visto como se voltean gobiernos democráticos y se proscribe a líderes populares con estrategias políticas y complicidad judicial.

En Paraguay, con la destitución de Lugo como presidente, en Brasil a Dilma para destituirla y a Lula para proscribirlo, en Venezuela, más allá de los errores de Nicolas Maduro es el pueblo con su voto el que debe poner fin a su gestión, la traición política y persecución judicial a Correa en Ecuador, como la amenaza permanente a CFK con causas que nacen a diario y como ella no huye ni se esconde sino los enfrenta entonces van por su hija. Hay que disciplinar a la dirigencia popular.

Es que el esquema de la derecha más conservadora -a diferencia de los gobiernos progresistas- son impiadosos, no tienen adversarios sino enemigos. Van a fondo y con todo, avasallando desde principios constitucionales hasta la libertad de pensar distinto. No tienen escrúpulos.

Seguramente si nos dejaran escribir parte del libreto de esta esquizofrénica serie elegiríamos ser prófugos antes que carne de cañón de un sistema que se cae a pedazos. Todos seríamos Samid.

Silvia Risko

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