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Cristina vuelve a ser protagonista

Cristina vuelve a ser protagonista

 “Los peronistas somos como gatos: cuando parece que nos peleamos, es porque nos estamos reproduciendo”. El antiguo dicho del peronismo parece apropiado una vez más en vísperas de las elecciones legislativas del 22 de octubre, que redefinirán el tamaño de cada bloque en el congreso argentino.

Como en otras ocasiones, esta fuerza política resurge a partir de un pleito que la divide. Hoy hay nada menos que tres precandidaturas por la senaduría de la provincia de Buenos Aires, el reducto electoral más importante de la Argentina, con un 40 por ciento del padrón nacional: la de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y las de dos exsubordinados suyos, el exministro de Transporte, Florencio Randazzo, y el exjefe de gabinete, Sergio Massa.

El aspecto más importante de la disputa entre estos tres peronistas será conocer cuál es realmente el poder político que todavía tiene Cristina (a quien, como Evita, suelen llamar solo por su primer nombre).

La fuerza que hace avanzar a la expresidenta en esta carrera es su inmensa vanidad; es tanta, que la hace gambetear con las leyes. El calendario electoral argentino determina que cada elección debe ser precedida de una votación primaria, las Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias (PASO),  para que se elijan los candidatos de cada partido. Para no disputar una votación interna con un exsubordinado suyo y correr el riesgo de ser derrotada por él, Cristina abandonó el Partido Justicialista (el oficial del peronismo). No quiere competir con nadie y por eso simplemente creó otro para sí misma, el partido Unidad Ciudadana.

Tras la elección de Mauricio Macri en 2015, Cristina se desvaneció del mapa político argentino. Se pensó que sería barrida por la llamada ola conservadora que parecía adueñarse de la región, enterrando a los líderes populistas (algo que hoy no está nada claro).

Macri ponía fin un periodo de doce años de gobierno peronista y Michel Temer sacaba del trono al Partido de los Trabajadores luego de trece años en el poder.

Sin embargo, el barrido fue parcial. En Ecuador, Rafael Correa eligió a su delfín, aunque ya se haya enemistado con él. En Brasil, pese a las acusaciones de corrupción, Lula mantiene la preferencia de al menos el 30 por ciento de los votantes para las elecciones del 2018.

En este contexto, Cristina reaparece de su autoexilio en la Patagonia, no sin antes haber marcado un hito negándose a entregar el mando directamente a su sucesor. A Macri le habría gustado tomar la presidencia con pompa ceremoniosa y humillando a su rival.

Cristina es investigada por corrupción y, si es encontrada culpable, podría ir por años a la cárcel. Es por eso que su candidatura también es un intento de obtener inmunidad parlamentaria para evitarlo.

Pero sería reduccionista pensar que Cristina quiere volver al Congreso solo para no ir presa.

La mueven la ambición de poder y las ganas de volver a ser protagonista. Se imagina como la líder del populismo argentino, una combinación peculiar de caudillismo del siglo XIX y peronismo: el discurso nacional y popular, la agresividad verbal ante los “gorilas” y el elogio de la viveza criolla.

Quiere instalarse de nuevo en los hogares argentinos como lo hacía en horario estelar, mediante cadenas nacionales interminables o la transmisión de actos multitudinarios en los cuales desplegaba una retórica popular, una de sus grandes habilidades.

Sus discursos, como suele suceder, no resisten a una buena verificación de datos, pero tocan la fibra sentimental de los argentinos más humildes.

Es por eso que las denuncias de corrupción no son un problema para ella. Al revés, son elementos positivos que incorpora a su narrativa. Cristina cree que es perseguida por haber protegido a los pobres y haber defendido la cárcel para los represores de la dictadura, por haber permanecido firme ante los feroces fondos buitre y por tener su mirada más allá de la elitista Buenos Aires (donde, sin embargo, también tiene residencia).

La expresidenta explota a su favor la actual situación económica de Argentina. Macri no ha logrado todavía cumplir su promesa de bajar la inflación e impulsar el crecimiento económico. Esto le impide refutar con hechos los ataques de su opositora. Tiene todavía a su favor, sin embargo, el alto rechazo hacia el kirchnerismo de las capas medias y altas de la sociedad.

Pero Cristina ya mostró que usará una retórica despiadada. En la cancha del Arsenal de Sarandí, donde se estrenó como precandidata en junio, se presentó como la líder que va a “poner un freno al ajuste”. En su discurso, Macri es responsable por el corte de los insostenibles subsidios a los servicios, el gobernante que ataca al bolsillo de los jubilados y que quiere flexibilizar las leyes que regulan el trabajo, mientras coquetea con los represores presos sugiriendo una posible amnistía.

A este menú añade un aderezo de nostalgia y necrofilia, sentimientos caros a los argentinos. Sin Néstor Kirchner, su esposo y antecesor, quien murió en el 2010, Argentina no habría salido de la crisis del 2001.

Pese a que no lo haya dicho con todas las letras todavía, una victoria en octubre le abrirá las puertas a una nueva candidatura a la presidencia.

Ante esta posibilidad, Macri debe no solo ofrecer soluciones económicas rápidas, sino también asegurarse de que el peronismo siga dividido en el nuevo congreso. Ponerle un freno a Cristina para garantizar que no exceda el techo de 30 por ciento de los votantes que algunos sondeos le dan en la provincia de Buenos Aires.

Si, en cambio, el peronismo vuelve a aglutinarse alrededor de Cristina, su ingreso al Senado podría tener consecuencias desastrosas para el presidente. La menos grave sería obstaculizar su último tramo de gobierno, convirtiéndose en una voz rebelde e histriónica en el parlamento.

La peor, poner en jaque sus sueños de reelección en el 2019.

Sylvia Colombo
The New York Times
corresponsal en Latinoamérica del diario Folha de São Paulo