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Las elecciones, por Hernán Brienza

Las elecciones, por Hernán Brienza

Las elecciones PASO, más allá de la pirotécnica discursiva de los medios de comunicación dominantes, dejan muchos puntos grises para analizar; sobre todo porque no hubo blanco y negro en ninguno de los resultados.

Quizás el único punto demasiado oscuro fue la manipulación de los datos de la provincia de Buenos Aires y el, hasta ahora, intento de fraude electoral por parte del gobierno nacional en ese distrito, una maniobra que, por lo burda, es inédita en los 35 años de democracia. Esto no quiere decir que no haya habido alguna posibilidad de fraude o de manipulación mediática o de datos en los comicios, simplemente se trata de dejar en claro que nunca se hizo con el desparpajo y desprecio por los métodos institucionales.

La graduación, los niveles, los detalles del intento de engaño marcan la gravedad de la estafa.

Pero más allá del intento de fraude –que marca no sólo la baja valuación democrática de la entente PRO-UCR, más allá de las gimoteadas emotivas de Maru Vidal y la parafernalia republicana de Elisa Carrió- hay otros signos políticos para analizar con frialdadad y racionalidad.

Obviamente, todos los medios de comunicación vendieron los resultados de las PASO como una victoria absoluta del gobierno y el Cambio. Sin dudas, el caudal de votos del PRO-UCR es mayor de lo que la oposición y sus deseos imaginarios hubieran deseado o previsto, pero un tercio de los votos con todo el aparato del Estado de los cuatro presupuestos más grandes de la Argentina y todos los medios de comunicación no parece un gran resultado para los analistas serios. El PRO, respecto de su convocatoria histórica del 30 por ciento del electorado no ha aumentado prácticamente nada: mantiene su tercio que representa un voto ideológico muy duro hacia el interior de Cambiemos.

Pero reflexionemos: El gobierno –más allá de que ganó en algunos distritos claves- está lejos de haber resultado victorio. Retuvo CABA de manera abundante, pero si uno analiza las legislativas del 2013… la UCR y el PRO se habían quedado con el 70 por ciento. Hoy Carrió ganó con cerca del 50, es cierto, pero se le desgajaron votos hacia Martín Lousteau, que, obviamente, no van hacia el Peronismo, pero que tampoco se acoplan automáticamente.

El frente del Peronismo porteño no movió mucho el amperímetro, es cierto, pero mantuvo los votos de su núcleo duro. No hay sorpresas. Pasando en limpio, el gobierno nacional se convierte en la primera minoría a nivel país, pero incluso con todo el poder económico y mediático, apenas logra desalojar al Peronismo desarticulado en experiencias provinciales. Pero el Macrismo no deja de ser el voto antiperonismo clásico, que antes estaba representado sólo por la UCR.

Es cierto que el gobierno ganó en Córdoba, pero ya lo había hecho en el 2015. Pero allí no pierde el Kirchnerismo, más allá de su magro resultado. En realidad allí el gran perdedor es el Delasotismo, ni siquiera el Kirchnerismo, que al haber jugado con el PRO termina consumiendo su mismo veneno.

Pero hay algo peor para el gobierno: si en octubre se repiten los mismos guarismos, no podrá alcanzar mayoría propia ni en la cámara del Senado ni en la de Diputados. Deberá abusar de la decretocracia pero con un humor en contra. Y tampoco va a poder tejer demasiadas alianzas, porque ya todos los jugadores políticos de la oposición estarán esperando para ponerse las ropas de presidente en 2019. Incluso deberá afrontar los tironeos de su propia interna entre Marcos Peña, Carrió y Vidal.

En conclusión… se mantiene cierto status quo, es cierto. El gobierno sólo logró que su base electoral le renueve la confianza, pero no creció simbólicamente.

Pero quizás el elemento que mayor beneficia al Macrismo sea la atomización de la oposición y en particular del Peronismo. Un dato es cierto: ningún liderazgo peronista puede reclamar la exclusividad hoy en día. Por peso histórico, Cristina Fernández de Kirchner tiene un mayor derecho a ese reclamo, pero en términos electorales, no ha obtenido una victoria contundente frente a Macri, más allá del fraude electoral. Aunque sí es cierto que ha mantenido el centro del ring como única retadora real del modelo macrista.

Los gobernadores podrán reclamar en mayor o menor medida cierta legitimidad, según los resultados en sus respectivas provincias, pero también es cierto que quedó demostrado que no pueden independizarse de un armado nacional para mantener sus poderíos locales. Juan Manuel Urtubey  podrá jugar a hacer, como Carlos Menem con Raúl Alfonsín, el gobernador amigo, pero no el sucesor, por ejemplo. Sergio Massa, con su magro resultado y su reconocimiento apurado de la victoria macrista en la CABA, demostró que está más cercano al oficialismo neoliberal que a una oposición verdadera. Florencio Randazzo no ha salido bien parado de su intentona sucesora y ahora ha perdido varios casilleros.

Pero hay algo que es cierto: el Peronismo está mareado y eso minimiza las posibilidades de éxito del movimiento nacional y popular que lo excede. El Kirchnerismo tiene la responsabilidad histórica de pensar de qué manera lograr la unidad de toda la oposición para alcanzar una gran fórmula opositora que venza al neoliberalismo saqueador en el 2019. Y eso requiere capacidad de sacrificio, generosidad y mucha inventiva.

Hernán Brienza
InfoBaires24

 

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