mar. Sep 17th, 2019

Fernández & Fernández o el arte de curarse en salud, por Teodoro Boot

«Habrá a quien no le guste y estará en su derecho, pero la ex presidenta se ha curado en salud», afirma el autor. Razones profundas de una decisión que ara en la coyuntura para sembrar en la tierra yerma del posmacrismo.

Lo primero que puede decirse es que, a esta altura, nadie lo confundiría con el nombre de la sociedad propietaria de un almacén-bar-despacho de bebidas.

Lo segundo, que dedicada como está a espiar sistemáticamente a la ex presidenta, a la Agencia Federal de Inteligencia le ha vuelto a pasar inadvertido un parsimonioso elefante rosado con flores blancas y amarillas paseándose delante de sus narices. Menudos agentes de inteligencia que –nunca mejor dicho– no sirven ni para espiar.

Y ya yendo a lo importante, la bomba de crema que, luego de algunas consideraciones la ex presidenta arrojó imprevistamente a la cara de los oyentes, opacó el contenido de su mensaje, al que vale la pena releer y volver a escuchar, porque ahí está la clave, las razones de su decisión: “…una coalición electoral no sólo capaz de resultar triunfante en las próximas elecciones sino también de que aquello por lo que se convoca a la sociedad, pueda ser cumplido”.

En otras palabras, una coalición que permita ganar las elecciones pero que, principalmente, sea capaz de construir los acuerdos necesarios para volver a poner el país de pie.

En estos tres años y medio, Cambiemos llevó a la Argentina a un colapso no comparable al del 2001 sino a un pasado más remoto: a tiempos previos a Yrigoyen, a Sáenz Peña, hasta a Carlos Pellegrini: a la debacle de 1890, agravada por la mutación de aquella oligarquía terrateniente –ausentista pero, más allá de su voluntad, en última instancia ligada al suelo, al espacio, la geografía y las gentes de las que extraía su riqueza– en un grupo depredador que obtiene su fortuna de la especulación financiera trasnacional. Y, en consecuencia, desinteresado del destino del pueblo y del país.

La situación argentina es de tanta gravedad que temer una eventual desintegración no sería fantaciencia, paranoia ni tremendismo. En su actual conformación, nuestro país no existe desde hace tanto tiempo –1880, 1860 tal vez– como para creerlo eterno. Y al cabo, viene apenas a ser un fragmento de una unidad mayor, con salida al pacífico por Antofagasta y un gran puerto al Atlántico –muy especialmente al Atlántico Sur– en Montevideo. Los enfrentamientos por conformar o destruir esa unidad consumieron el primer medio siglo de vida independiente de los que hoy somos argentinos, uruguayos, bolivianos y paraguayos.

La ex presidenta lo explica con claridad en su mensaje del 18 de mayo. Y actúa de acuerdo a su diagnóstico: está en riesgo el país y están en riesgo sus habitantes, a quienes se quiere someter, romper, secar por dentro, hasta volverlos una suma de seres amedrentados y resignados. Si nos restringimos a parámetros político-electorales no acabaremos de entender el significado y el alcance de las palabras y –más importante– los actos de quien personalmente ya no necesita de nada y a quien le bastaría dar el paso al costado, desentenderse de la vida de sus paisanos y, de acuerdo a la práctica instaurada por Comodoro Py, “arrepentirse” de sus actos. Más de cuatro interesados hubieran tildado de “grandeza” a esa clase conducta, al fin de cuentas, justificable de comparársela con las agachadas generalizadas de nuestra clase dirigente.

Y ahí estará el quid del asunto: ¿habrá, por fin, en nuestro país una clase dirigente –política, cultural, científica, sindical, económica, militar– a la altura de las circunstancias, capaz de entender la naturaleza del problema? El acuerdo, la concertación, la coalición que tantos vienen reclamando de la boca para afuera y que la ex presidenta puso en acto, no fructificará si se trata de una acción unilateral.

La Fernández Cristina no se borró, no le esquivó al bulto, no fingió un renunciamiento histórico. Ahí estará ella, poniendo el cuerpo, acompañando una fórmula que encabezará otro Fernández, ese que ha sido un severo crítico de grandes trazos de su gestión y a la vez acompañante destacado del primer tramo del proceso de reconstrucción nacional trunco en diciembre del 2015. ¿Por faltas propias? Indudablemente. Siempre las derrotas obedecen a que uno no ha hecho las cosas lo suficientemente bien como para no ser derrotado. Cualquier otra explicación, lamento de comadres.

¿Está bien elegido el Fernández que encabezará la fórmula? Por supuesto que sí. Y por más de un par de razones. Por empezar, era uno de los pocos que no se postulaba como candidato a nada. Cualquier otra elección hubiera significado inclinarse por una parcialidad, tomar partido en una interna que –y en esto hay tanto bien como malintencionado acuerdo– la ex presidenta debía soslayar como principal protagonista.

De este Fernández, además, nadie podrá decir que carezca de independencia de criterio. La tiene, y para muchos, de sobra: no se le disculparon sus diferencias con la resolución 125, sus críticas a la ley de medios, su oposición al desafortunado intento de reforma judicial. Ni, mucho menos, su talante dialoguista en momentos en que, hasta en las cuestiones más banales, parecía jugarse un proceso a todo o nada.

La independencia de criterio y el ánimo dialoguista tan reclamado por opositores de dentro y de fuera del justicialismo y aun del Frente para la Victoria, son dos de las cualidades del elegido al parecer más valoradas por la Fernández que se propone acompañarlo en la fórmula. La inmediata reacción positiva, el aparente beneplácito con que recibieron la novedad quienes ultimaban la consumación de una tercera –o hasta cuarta– vía que no tendría otro resultado que debilitar el campo nacional revela hasta qué punto fue acertada la decisión de la ex presidenta.

Pero hay algo más, un detalleapenas: el grupo depredador no llegó hasta acá para quedarse de brazos cruzados ante quienes intenten impedir que siga la entrega del patrimonio y la destrucción tanto del hombre argentino como de cuanto quede de lo que, mal o bien, supimos construir a lo largo de nuestra existencia como nación. La acción concertada de los grandes medios de comunicación, los servicios de inteligencia y gran parte del poder judicial –los instrumentos del literal golpe de Estado que dieron Mauricio y su pandilla– se vale de la difamación, la calumnia, la persecución judicial, el hostigamiento a cualquiera que amenace su continuidad y su hegemonía. Hoy es la ex presidenta. Mañana será quien quede en pie.

En la más absoluta irresponsabilidad, propia de quienes se desentienden del país en que circunstancialmente viven, los cráneos del grupo depredador avanzan decididamente hacia la proscripción y, si pueden, el encarcelamiento de la ex presidenta. Carece de importancia dilucidar si se tratará de una maniobra legal o carente por completo de legalidad: el asunto será dejar a la principal fuerza opositora fuera de carrera, expuesta a la dispersión de los precandidatos que queden en carrera luego de la anulación de la más significativa figura de la oposición. Al fin de cuentas, no otra cosa se hizo en Brasil, y con extraordinarios resultados.

Habrá algún trasnochado que discuta si alguno de los Fernández o ambos son o no peronistas y tonterías por el estilo, que a nadie le importan un pepino. No lo sabemos ni nos interesa dilucidarlo. Lo que queda perfectamente claro es que al menos una de los Fernández ha aprendido de ese al que se invoca con mayor frecuencia y todavía más en vano que a Jesucristo: lo que ha hecho la ex presidenta el sábado 18 fue una reedición, una adaptación de la fórmula Framini- Perón con que en 1962, en un simple acto, el proscripto trasladó “sus” votos a su candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires: a nadie le cupo la menor duda de que el hombre elegido por el General para representar los intereses del pueblo y del país era Andrés Framini.

Habrá a quien no le guste y estará en su derecho, pero la ex presidenta se ha curado en salud y hoy ese hombre, el que “heredará” sus votos si acaso termina siendo proscripta, es Alberto Fernández.

Teodoro Boot

Revista Zoom

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