El Robin Hood al revés en las montañas, por Jorge Otero

El estado neutral no concentró esa vez únicamente dinero, sino a los escribas del futuro. Hombres sensibles al horror que provocaron los totalitarismos sobrevenidos y que sobrevendrían.

Aunque alguno de ellos, años más tarde, terminarán siendo muy cercanos a personajes como Augusto Pinochet.

Porque al fin de cuentas nada importa, cualquier cosa puede ser la enfermedad o la medicina, para los que manejan el lado en que caen los dados.

La Society Mont Pèlerin (Monte Peregrino), compuesta por hombre preocupados y ocupados, se acomodó en las acogedoras salas del Hotel du Parc, en aquella cumbre suiza próxima a Montreux, con vista al lago Leman, allá por 1947.

Se juntaron para pensar qué hacer con los males de la economía, que constreñía la libertad y paz mundial.Los 36 hombres, con un notorio referente Von Hayek, más filósofos, historiadores, periodistas e incluso algún ensimismado ex-socialista, sentaron las bases de lo que será el orden económico mundial de las últimas tres décadas del Siglo XX.

La cuestión consistía en elaborar una forma para quitar de allá y poner acá, con sofisticados términos teóricos y principios libertarios.

Por eso, Hayek que amaba las montañas eligió esa cumbre, pues le trasmitía una envidiable sensación de libertad y armonía, muy escasa en la Europa de la época. Acordaron con elegancia dogmática unos cuantos puntos, que quizás se correspondiera con el inevitable rigor de aquellos hombres de ciencia y pensamiento, inexistente en la actualidad (al contrario, hoy abunda la tosquedad en los nuevos cuadros, forjados con método zen y alimentación sana, que enmascaran una pobreza de sensibilidad y de sofisticación, sin precedentes).

Estos hombres de bien, ante el temor del triunfo de la economía mixta de posguerra, se propusieron terminar con la desconfianza de la propiedad privada y revalorizar la racionalidad de homo aeconomicus.

Como buenos doctos, refinaron la forma en que el comportamiento humano debía adecuarse a la lógica del mercado. Entre cognac, whisky y sidra de la región, elaboraron una genealogía de la crisis en base a una moral y una única forma de concebir lo político, la producción y el intercambio de bienes y servicios.

Acordaron las bases de los manuales que los hombres, stricto sensu, debían seguir; y si el resultado no era el esperado, la culpa sería del colectivo humano y no del corpus utópico.

Quien también discurrió por el grupo fue Karl Popper. Sus principios sobre la sociedad abierta cautivaron la atención del momento. Buscaban argumentos filosóficos para moldear una idea de flexibilidad legal e institucional que permitiera transferir, por ejemplo, el plato de comida de la familia trabajadora a la cuenta bancaria de los Buenos.

Con el tiempo aquellas cuentas rebosarían, y esos vasos de leche perdidos, y aquellos platos de comida quitados, volverían a reingresar en las despojadas familias, mediados por frases como “esta vez, va en serio”.

Sin embargo, en el hotel, no fue todo color de rosa, hubo discusiones, portazos e incluso miradas belicosas. Alguno muy ofuscado, antes de abandonar la sala, levantó la voz: “ustedes son unos malditos socialistas” en el momento en que se discutía sobre la naturaleza redistributiva de los impuestos.

En Estados Unidos, sus mecenas les prometieron un inigualable apoyo. Aquel grupo de intelectuales sabía que los ofuscados hombres de negocios abrazarían cualquier cosa que fuera una clara oposición a la economía planificada, al capitalismo social, a los marcos legales sindicales y a otras salvajadas estatales.

A partir de 1950, en la Universidad de Chicago, se constituye la cofradía de académicos que alcanzaron un reconocimiento mundial. Pese a las reiteradas críticas expresadas por el mismo Von Hayek, pues éste dudaba del estatuto científico de la economía y su impronta predictiva, dieron cátedra del dogma por mucho tiempo, y sus egresados dirigieron la política económica de distintos países, incluso hasta el presente.

No obstante, durante años banqueros, industriales, economistas, políticos, y otros líderes, estuvieron al margen, muy expectantes.

Aunque nunca quietos, algunos tejieron relaciones que más tarde produjeron sus frutos, como los cientos de cafés y whiskys con banqueros suecos que, más tarde, presionaron para direccionar los premios Nobel en Economía de 1974 y 1976.

Después de casi una década este tipo de lobby ya no fue necesario, pues otros economistas premiados han confirmado el vigor de esta nueva fuerza.

La nómina de la Society Mont Pèlerin, incluye a Premios Nobel de la talla de Vargas Llosa (2010), quien confiesa ser un locuaz defensor de las libertades individuales.Sin la insistente inspiración de Hayek, jamás hubieran logrado imponer en las corporaciones, los estados, las instituciones educativas y en las líneas editoriales, este filantrópico sistema económico.

Decía que había que aprender a luchar por las ideas como lo hacían los socialistas, contra cualquier adversidad y por lo menos durante veinte años.

Sólo con fuertes convicciones se podrían alcanzar las metas deseadas.Al fin, el añorado momento llegó a mitad de la década de los setenta, y se consolidó en los ochenta con un rotundo triunfo en los Estados Unidos y el Reino Unido.

Gracias a tamaña hazaña, jamás volvió a ocurrir otra crisis. Hoy vivimos en pleno empleo, prácticamente no existe la concentración de la riqueza en pequeños grupos, los países emergentes dejaron de endeudarse y desaparecieron para siempre los paraísos fiscales.

Especialmente, el triunfo de estas ideas ha borrado de lleno la intención de aquellos descarados que pretendían privatizar el sistema previsional

.Jorge Otero

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