lun. Nov 11th, 2019

El día después de Cambiemos

mauricio macri, presidente electo. conferencia de prensa foto: Silvana Colombomauricio macri, presidente electo. conferencia de prensa foto: Silvana Colombo

El inminente final del ciclo de la alianza Cambiemos impone la urgencia de definir los trazos principales del «día después».

El autodenominado «mejor equipo de los últimos 50 años» condujo a la economía argentina a una situación de crisis sistémica, que resulta la más profunda de la historia, cuyas vías de superación estarán determinadas tanto por el calamitoso punto de partida, como por los horizontes que pretendan alcanzarse.

De allí la importancia del debate sobre la estructuración del aparato productivo que definirá el futuro del país, y nuestra insistencia en reflexionar sobre los caminos que nos llevarán a un Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable (MoDEPyS), y los que no.

Adquiere entonces central relevancia el enfoque con que se aborden tres planos destacados para el modelo en cuestión:

  • si el sesgo se orientará hacia el consumo o a la producción;
  • si su inserción internacional se subordinará a las viejas lógicas emergentes de la hegemonía de la globalización o se adaptarán al nuevo escenario en el que los vínculos entre los países están determinados por las interacciones desde cada interés nacional; y
  • si su distribución del ingreso será regresiva o progresiva.

Claro que ello supone, primero, ponerle coto a esta situación, en que la economía se desliza imparable hacia el abismo sin fin generado por el gobierno nacional.

Ponerle un piso a la Supercrisis

Hemos explicado con antelación que de los diferentes diagnósticos derivan distintas propuestas, y señalado que una divergencia fundamental es la existente entre quienes caracterizan las actuales circunstancias como una crisis del orden estrictamente financiero y los que entendemos que su naturaleza es económica y su alcance enraíza en el conjunto del aparato productivo.

Para los primeros, sin discrepancias de fondo con la actual administración gubernamental, la recomposición de la economía nacional requiere de poco más que de un manejo astuto de las intervenciones del BCRA en el mercado de cambios y de ciertas habilidades en el de capitales. Para los segundos, implica drásticos virajes en todos los ámbitos de la economía.

Una vez pasado Cambiemos, resultará imperioso establecer un proceso que, vía extensiones de plazos y renovaciones, dé sustentabilidad a la gestión de la cuantiosa deuda en moneda dura irresponsablemente contraída por el gobierno que se va. Es claro que su cumplimiento demandará que el Tesoro cuente con los recursos para hacerlo, mediante el necesario superávit fiscal primario.

Pero este, para ser social y económicamente viable, no puede fundarse en la contracción del gasto público (aun cuando pueda optimizarse) sino en la expansión de los recursos tributarios, por lo que deberán fijarse las nuevas bases imponibles que permitan alcanzarlo y los sectores que por su capacidad contributiva deben cargar con el mayor peso en la obtención de las nuevas metas.

En simultáneo, se requiere que, por la vía del superávit en la balanza de bienes y servicios, el sector privado genere los dólares que exige el normal funcionamiento económico, con un excedente suficiente para que la Tesorería pueda adquirir los necesarios para los servicios de deuda.

Un papel destacado, como punto de articulación, entre lo fiscal (en pesos) y el sector externo (en dólares), lo juegan los derechos de exportación, por los que el Estado participa de las rentas extraordinarias de la economía, en particular, de la agrícola.

Hemos marcado, en otras oportunidades, que la contribución tributaria de los gravámenes sobre las exportaciones de alimentos es secundaria respecto de la función primordial de desacoplar los precios internos de los internacionales, aunque debe destacarse que en esta etapa ambas preservan roles significativos.

Es que la escasez de dólares de origen financiero derivada de la permanencia del cierre de los mercados voluntarios de deuda y de los raquíticos aportes restantes del acuerdo Stand By con el FMI, determinará per se un nivel del tipo de cambio real más alto que los de los últimos años, generando condiciones iniciales de revitalización de la industria.

Claro que el reverdecer del consumo interno y de la producción industrial, en un marco de administración del comercio exterior, y con los precios de los alimentos en una relación justa y razonable con los ingresos populares, no será posible si no se resuelve la actual dolarización de las tarifas energéticas.

Pero, lo que resulta suficiente para ponerle finalmente un piso a la Supercrisis, no lo es para la puesta en marcha del MoDEPyS.

Reconstrucción y despegue

Restablecidos los equilibrios macroeconómicos, el desafío pasa a ser la búsqueda de la plena utilización y expansión de los factores de producción.

Cobra significativa importancia, en el debate que subyace implícito, la definición de cuáles serán los vectores de competitividad de nuestra economía y cómo operarán.

Nosotros hemos señalado como tales a las rentas extraordinarias, definidas como «aquellos beneficios redundantes, que se generan en el mercado, independientemente del trabajo humano, y se obtienen a partir de ejercer la exclusividad de la explotación de algún recurso natural», condiciones que, en Argentina, la cumplen algunas tierras y la energía fósil.

A diferencia de quienes aspiran a su apropiación por parte del Estado para que (sustituyendo al sector privado) sea quien organice la economía o se destinen al sostenimiento de una pobreza supuestamente estructural, algunos pensamos que dichas rentas deben ser distribuidas en la totalidad del entramado empresarial, con el objetivo de incrementar la rentabilidad por unidad vendida, garantizando su hegemonía en el mercado doméstico y facilitando su adecuada inserción en los flujos internacionales de comercio.

Subyacente, o al menos colateral, está la tensión entre las visiones de quienes privilegian como factor dinámico el estímulo de la Demanda y los que se lo otorgan al de la Oferta.

Desde nuestra visión, el aprovechamiento de los vectores de competitividad mencionados, mediante las políticas regulatorias pertinentes permite, en forma simultánea:

  • alcanzar precios justos y equitativos para los alimentos, recomponiendo el poder adquisitivo de los presupuestos familiares, estimulando así el crecimiento del consumo privado, por el lado de la Demanda, y
  • contar con precios de la energía (en todas sus formas) adecuados a los valores de los mercados de referencia internacionales, lo que redunda en la baja de los costos totales de las empresas que la utilizan como insumo, y en la recomposición de su rentabilidad, por el lado de la Oferta, orientando el sesgo hacia la producción a partir de incentivar la inversión.

Ello también potencia la capacidad exportadora de nuestras empresas. Pero mejorar sustantivamente su posición respecto al acceso de bienes y servicios provistos por competidores extranjeros implica, necesariamente, la administración del comercio exterior, estableciendo nuevas condiciones para el intercambio comercial internacional, haciendo uso de la ventaja de que, tales políticas, hoy no colisionan con el resto del mundo sino que se imponen como el mainstream de las relaciones entre las naciones.

Nada de ello será posible si no se alinean las relaciones internacionales con las transformaciones que se operan a nivel mundial, especialmente considerando la obsolescencia del Consenso de Washington y la necesidad del diseño de un nuevo ciclo de integración económica, adaptado a las necesidades de nuestro modelo de desarrollo.

Como hemos señalado en otras oportunidades, a la multiplicación de los bienes, corresponde el concepto de crecimiento, y a su reparto, el de distribución, conformando, en conjunto, el de desarrollo económico.

En los años por venir, la ampliación de la participación de los asalariados en la distribución del ingreso, también debe involucrar la instauración de mecanismos para que ellos sean beneficiarios del conjunto de las ganancias de productividad, incluso las que devienen de la incorporación de nuevas tecnologías.

Asegurar los necesarios niveles de bienestar para el conjunto de la población, será posible si:

  • las empresas obtienen adecuada rentabilidad,
  • el mercado de trabajo tiende al pleno empleo, con salarios de alto poder adquisitivo, y
  • los sistemas de seguridad social, en un sentido amplio, son suficientemente vigorosos.

Esto distingue un modelo de desarrollo de uno de simple crecimiento económico.

La realización individual y la colectiva

La hegemonía de la globalización aparejó el simultáneo predominio cultural e ideológico del inmediatismo y el individualismo, donde sólo importa el presente (ni el pasado ni el futuro) y la satisfacción de las apetencias personales.

Pensar un MoDEPyS implica pensar la Patria, un pueblo en un espacio con una historia y un destino común en el que se equilibran adecuadamente los diferentes yo con un nosotros y, lograr su permanencia y sustentabilidad, requiere que sea apropiado por parte de todos los protagonistas.

Ello sólo será posible mediante la promoción y el fortalecimiento de los lazos comunitarios, así como la articulación de la acción (entre sí y con las distintas instancias estatales), de las organizaciones intermedias representativas de todos los segmentos del quehacer nacional, como ya se han atrevido a promoverlo numerosos antecedentes de políticas en la Argentina.

No hay desarrollo económico sin construcción de comunidad, porque sabemos desde hace muchos años que nadie se realiza, si la comunidad no se realiza.

Guillermo Moreno, Claudio Comari y Norberto Itzcovich

M. M. y Asociados

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