jue. Jul 18th, 2019

Argentine fly company, por Jorge Otero

Cuando salté al vacío desde la terraza, un montón de cosas vinieron a mi cabeza, la cual es como una tienda de “todo por 2 pesos”, con miles de chucherías prescindibles.

Aún no sé si esas chucherías son la causa de mi definitivo salto, posiblemente en algún aspecto sí. Lo más significativo quizás sea la grave situación financiera que soportaré unos segundos más, de la que espero liberarme al explotar contra el asfalto, como un sapo aplastado por un camión.

Este viento frío en la cara me recuerda a una historia que siempre contaba Papá: “¡ja! nunca tuve que correr o esconderme de ningún falcon verde, porque yo nunca anduve en la pavada, hijo… las madrugadas heladas mientras esperaba el colectivo, veía a muchos que salían corriendo cuando vislumbraban la luz de uno de aquellos coches. No me preocupaba, no tenía nada que esconder, me iba simplemente a laburar. Nunca entendí eso de los sindicatos, los gremios, las protestas. Si hasta podía ahorrar, me guardaba una buena parte del aguinaldo para nuestras vacaciones.”

Estoy asfixiado por el tamborilleo de mi corazón, por el aire que se mete por la boca y ahoga un grito. Una sensación similar viví con un antiguo jefe, a quien admiraba pese a sus maltratos. ¡Cómo olvidar que escupía sermones dirigidos a nadie! Sus palabras me subyugaban a tal punto que apenas podía respirar mientras el corazón martillaba aceleradamente mi pecho: “cuando en este país hagamos lo que tenemos que hacer, vamos a salir adelante.” Lo decía mientras golpeaba la mano sobre su escritorio, y corría levemente la saliva por la comisura de sus labios.

En este momento que sobrevendrá el fin, lamento no haberle dicho más cosas a mi hijo ¡de una vez por todas obturarle esa falsa conciencia! En alguna oportunidad le recalqué “no importan los otros, importás vos, tus proyectos y tu esfuerzo. Siempre te van a valorar por eso”. Procuré inundarlo de pensamientos que me llevaron por buen camino, el que siempre seguí. Bueno… pensándolo bien, eso no ha evitado que esté volando desde un elevado edificio del centro de la ciudad.

También tuve sueños, todos enfocados en una subsistencia confortable sin los vaivenes de las crisis. Ahora que desciendo a toda velocidad, y no precisamente hacia el infierno, supongo que no se han cumplido en su mayor parte. Mi madre en cambio era muy pragmática y de pocas pulgas. No podré olvidar que severamente afirmaba “nadie aguantaba más esa mentira de los pobres”.

Al igual que mis abuelos quienes despotricaban contra sus empleados, comparándolos con las mujeres y los hombres de su juventud “nadie quiere laburar… ¡minga que ibas a pedir aumento los primeros años de trabajo!” Hundiéndome en este precipicio de cemento, veo cuánta razón tenían, sólo gente de laburo puede darte estos consejos que son útiles en la vida.

Recuerdo que cada vez que un político los defraudaba decían “gobierne quien gobierne, igual me tengo que ir a laburar todos los días”. También pienso firmemente lo mismo, desde los cenitales aires argentinos que inflan mi ropa y deforman el rostro. Y jamás -otros 2 segundos- cambiaré de opinión ¡se enoje quien se enoje!

Jorge Otero